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"Los
españoles podemos darnos con un canto en los dientes si no
somos nosotros los que terminamos pasando hambre". Con estas
palabras, que expresan el creciente pavor que se siente en
España por la galopante crisis económica, el columnista José
María Carrascal desdeñó, en la célebre sección "La Tercera"
del ABC de Madrid, las elocuentes y dramáticas declaraciones
del presidente José Luis Rodríguez Zapatero, quien se
pronunció con fuerza sobre la situación de hambre en África,
e hizo un emotivo y severo llamado a los países
desarrollados para que contribuyan a su erradicación. La
frase de Carrascal es reflejo del estado de ánimo que hoy se
respira en España: mientras la crisis económica empieza a
hacer sentir sus efectos, y todos los pronósticos indican
que empeorará, el Presidente del Gobierno tiene su mente
puesta en otros asuntos, y se niega a reconocer la gravedad
de la situación. A muchos les resulta difícil entender de
qué manera un gobierno que se muestra confundido y vacilante
ante los drásticos problemas de su propio país, puede
prometer que España será líder global en la lucha contra el
hambre. Como "ignorancia enciclopédica" y "demagogia
mitinera" califica el ya citado columnista esta actitud.
Razones para preocuparse
No se
equivocan quienes creen que en España deben sonar las
alarmas, y que el primer efecto de estas debe ser el de
despertar al presidente Zapatero. Hace un par de semanas,
cuando el Fondo Monetario Internacional anunció la revisión
de sus proyecciones económicas para los años 2008 y 2009,
España llevó la peor parte. Para el organismo multilateral,
España alcanzará en 2008 una exigua cifra de crecimiento del
1,8 por ciento. Pero las cosas empeorarán en 2009, cuando el
crecimiento alcanzará si acaso un valor porcentual de 1,2.
Esto último significa una reducción de 0,5 por ciento con
respecto a los pronósticos que el FMI había divulgado en
abril de este año: la más grande reducción en todo el
ejercicio de actualización de proyecciones recién concluido.
Estas
noticias, de por sí malas, resultan amargas si se miran en
su contexto. Aunque el FMI sigue sosteniendo que la
situación de la economía mundial es difícil, que la
desaceleración en el crecimiento continuará, que las
preocupaciones inflacionarias no se desvanecerán, y que es
improbable que los precios de los alimentos y el petróleo
cedan significativamente, también es cierto que la revisión
de las proyecciones implicó una mejoría más o menos general,
que resulta al menos reconfortante. Pero de tal mejoría no
participa España.
En efecto,
mientras disminuía sus pronósticos para España, el FMI los
elevó para Estados Unidos, para la Eurozona, para Francia,
Alemania e Italia, y en menor medida para el Reino Unido y
las economías emergentes. La estimación para el crecimiento
global también aumentó.
Y las malas
noticias no dan tregua, pues el crecimiento económico no es
la única variable que presenta deterioro. La tasa de
desempleo, que hace un año y medio se situaba cerca del 8
por ciento, ya prácticamente ha tocado el 10 por ciento, y
exhibe una pronunciada pendiente de ascenso. Además, los
indicadores de incumplimiento en el crédito bancario vienen
ascendiendo: en el mes de mayo se reportó un aumento de un
13 por ciento en el volumen de créditos dudosos. La tasa
total de morosidad se duplicó en un año. Peor aun, el
ascenso de esta tasa ya no se debe únicamente a la crisis
hipotecaria, sino que responde también a una creciente
incapacidad de pago en el sector empresarial.
Como puede
apreciarse, una mirada completa a este panorama bastaría
para quitarle el sueño al gobernante más parsimonioso.
Arriba el optimismo
Sin embargo,
no parece ser eso lo que ha sucedido en el caso del
presidente Zapatero. En contra de lo que indican las cifras,
y en contravía del sentimiento que prevalece entre la
población, el Presidente del Gobierno español se ha negado
de manera repetida a admitir que hay una situación económica
grave.
A principios
del presente año, a medida que se acumulaban más y más
noticias negativas sobre la economía española, crecían los
reclamos para que el Gobierno reconociese públicamente la
gravedad de la situación. Al igual que Pangloss, el célebre
personaje de la novela Cándido de Voltaire, quien tras
sufrir numerosas tragedias, heridas, terremotos y desastres,
seguía aferrado a su creencia de que este es "el mejor de
los mundos posibles", el presidente Zapatero insistía en el
optimismo, y rechazaba todos los reclamos para que a tan
grave estado de cosas se le llamara por su nombre. En
efecto, el Presidente evitaba de todas las maneras posibles
el uso de la palabra "crisis". Pero las advertencias seguían
llegando desde todas las esquinas del análisis y la opinión,
incluso las foráneas. The Economist, en un análisis sobre la
situación española, anotó que "Para nada ayuda el que el
Gobierno siga negando que se enfrenta a una crisis" (julio
5). Pareció extraño a los analistas de la revista inglesa el
que la cuestión, en vez de tratarse como un asunto
económico, se abordase como problema lexicográfico.
Todo esto
llevó a un intenso debate en el Congreso de los Diputados,
en el cual Mariano Rajoy, líder del opositor Partido
Popular, ofreció el apoyo de su partido, siempre y cuando el
Gobierno admitiese la gravedad de la crisis. Finalmente, en
una entrevista en Antena 3, Zapatero pronunció por primera
vez la esquiva palabra. Cosa que, por sí sola, no ha
tranquilizado a la opinión. Días después, el 18 de julio, El
País insistía en su editorial que "el Gobierno evita un
diagnóstico realista". También se ha acusado a Zapatero por
insinuar que, aunque haya una grave situación, nadie sufrirá
por ella, solo porque su gobierno es socialista.
Y tal
molestia no es injustificada, pues, por válidas que sean
ciertas medidas de protección social en tiempos de crisis,
su aplicación por sí misma no ayuda a conjurar las causas
que la han generado, ni exime a los gobiernos de poner en
orden las cuentas y corregir los desequilibrios. No en vano,
el Partido Popular, tras superar dificultades internas, ha
empezado a ascender en las encuestas, e incluso a superar al
PSOE en algunas de ellas.
Por Andrés
Mejía Vergnaud
Director del Instituto Libertad y Progreso
Fuente
revista cambio.
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